lunes, 1 de febrero de 2016


Y llegó, parece que para quedarse, por lo menos un tiempo.
Sí, es cierto, Mamá, está aquí, yo lo construí.
Creéme, no es una de las muchas fantasías de tu hija la pequeña.
Mucho dolor hubo, pero ahora, ahora, está aquí.
El amor existe, y a mí me llegó.
Capaz de estar con un grupo de personas y ser, ser... ser feliz, ser yo.
Es cierto, está ocurriendo, es cierto, no hay mentiras.
Cómo podría narrartelo sin que me dijeses, qué no me monté historias,
qué no me ilusioné, qué no me lesioné. 
Es cierto, la gente me quiere, y como nunca antes, siento ese querer.
Siento la capacidad de devolverlo, y no es cuento, ni fantasía.
Creéme, Mamá, confía en tu hija la pequeña.
He crecido después de tantos años de dolor, de incapacidades, de imperdibles mal puestos.
Es ahora tan sencillo. Es ahora el momento.
Y la casa está ahora abierta...
Esta canción me cuenta de un pasado de puertas cerradas.

domingo, 10 de enero de 2016



El joven sevillano que leía el Corán y mi pasión por la vida nocturna. Capítulos de una vida.

El joven sevillano que leía el Corán y mi pasión por la vida nocturna. Capítulos de una vida
Para llegar a la historia del sevillano que leía el Corán y mi pasión por la vida nocturna, hay que hablar primero de John.
John, vende cervezas de madrugada en una esquina de Madrid.
Lleva muchos años en una labor que nos puede parecer casí normal para los que vivimos en una ciudad como esta.
Le considero un amigo porque siempre me abrió su corazón, un dato importante para una persona que viene de un país como Bagladesh, y yo siendo una mujer. Se sentía cómodo conmigo, tanto, qué me contaba grandes intimidades, algo que seguro no lo hacía con sus compatriotas, la mayoría varones.
Vuelves de juerga con tus amigos de paso hacía tu casa, y ahí está John, vendiendo sus cervezas. Inevitablemente te paras a hablar con él y compartes momentos. Una persona torturada como él, una persona que guarda misterios complicados, una persona que sufre como no he visto en mucho tiempo; ves que confia en ti qué, quizá, piensé que le puedes reconfortar, qué le puedes ayudar, aunque sea escuchando. Todos queremos a John, es puro amor, es sincero, no es tonto, sabe lo que hay. La policia le respeta y le protege. Qué tendrá John que todos le queremos... Me siento afortunada de que me tenga tanto cariño, algo he debido de hacer para que así suceda. Simplemente he escuchado, simplemente le he dicho que debe de respertarse y quererse un poco más, mirandole a los ojos y dandole un buen abrazo.
Una noche de juerga, volviendo a casa, me paré a hablar con él, y en estas que hablando de la vida, aparecieron dos muchachos qué también querian a John... Nos juntamos en la esquina y aquellos dos chicos me parecierón encantadores. Jovenes, muy jovenes, unos veinte años, muy educados, con inquietudes y guapos, en el más amplio sentido de la palabra. Estariamos una hora, aproximadamente, con John, en la esquina, hablando, discutiendo...Nos sucederiron unas cuantas anecdotas que serían largas de contar y conociéndome, me iría por los montes de Úbeda.
Uno se llamaba Nasser (recuerdo qué me contó el porqué de su nombre pero no soy capaz de acordarme y sé qué la historia tenía chicha.) y el otro Pedro. Los dos de Sevilla. Grandes amigos. Pedro, hijo de un cargo importante de la Guadía Civil y que se convertiria en madero en breve, y Nasser, sólo recuerdó que era inquieto y muy personaje.
Acabé invintándoles a tomar la últma en mi casa. Sabía que no había peligro.
Una vez en casa, me sorprendí todavía más, de su buena eduación y respeto. El hijo del madero tenía una educación musical negra, qué no entraba en la etiqueta de hijo de tal. Increíble. Decidí dejarles el ordenador para ellos y que pusieran lo que más les gustará, fue reconfortante dejarse llevar, un gusto exquisito. En estas estabamos, en mi limitado salón con mis libros, qué Nasser vio que tenía el Corán. Me hizo ciertas preguntas sobre él, y viendo que las respuestas podían ser eternas, qué era tarde y estabamos cansados, me pidió que si se lo podía llevar para leerlo. Me dejó su dirección, afortunadamente vivía puerta con puerta, y decidí dejárselo, pensando que un chico tan joven y tan alocado, no se leería un ladrillo como aquel (la verdad sea dicha, el Corán no es un libro de fácil lectura, la biblia es mucho más digestiva).
Han pasado bastantes semanas de aquello, y justo esta noche, me he encontrado con Nasser, cuando salía de casa para encontrarme con unas amigas. Iba a trabajar, o sea, que tampoco quería entretenerlo, pero le mencioné mi Corán (libro que me regalagó una buena amiga de uno de mis hermanos, viviendo yo en Londres, hace la tira de años, y al que tengo mucho cariño) y va y me respondé, qué se lo está leyendo, qué está más o menos a la mitad... Yo no daba credito. Mis ojos abiertos como platos. Sólo le pude preguntar: ¿De verdad te lo estás leyendo? Y con gran naturalidad, me contestó que sí. Bendito seas.
Y no os cuento qué llevo semanas sin ver a John en su esquina, eso significa que tiene una buena depresión, qué leer el Corán es complicado, qué estos dos chicos dejaron mella en mi memoria, qué dentro del Corán guardaba una postal de Woody Allen disfrazado de Mona Lisa, qué creo que seguiré viviendo la noche aunque tenga muchos años, es fascinante, tiene otro punto de vista sobre la vida, quizá se pueda llamar, buscándo la belleza de día y de noche, y al fin y al cabo, soy una mujer libre, o presuntamente libre.
Voy a buscarte, John.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Propuesta, para escuchar con el texto más abajo.

Oroug Bani M´aradh, a las afueras de la población de Al Khaledah, Arabía Saudí. 10:30 de la mañana.

Todavía no arde, hijo. ¿Tienes el móvil preparado?
Sí, Mamá.
Está bonita la mañana. Es un buen día.
¿Por qué quieres hacerlo?
Pues porque quiero saber lo que se siente.
Asi, como vistes, ¿no eres feliz?
No mucho, me siento atrapada.
¿Atrapada por la ropa?
Atrapada por las costumbres, ¿lo entiendes?
Un poco. Es como que tienes que hacer lo que te mandan.
Más o menos, hijo.
¿Por qué quieres que te grabe con el móvil?
Pues para poder verlo muchas veces, para poder verlo cuando lo necesite.
¿Y serán muchas veces?
Si, hijo, sí.
¿Por qué quieres sentirte así?
Pues porque lo necesito, a veces parece que nos avergonzamos de como venimos al mundo.
A mi también a veces me parece extraño.
Claro, es normal que sientas eso. Nos acostumbran a seguir unas normas.
Pero es bueno seguir las normas.
Depende, hijo.
¿Depende? no entiendo.
Las costumbres no tienen que ser siempre buenas, recuerda pensar por ti mismo.
No puedo contarle nada de esto a Papá, ¿verdad?
No, cariño. Es un hombre.
Pero yo también soy un hombre.
Claro, pero tú eres un hombre diferente.
¿Por qué?
Pues porque esto que voy a hacer te marcará el resto de tu vida, y comprenderas mejor el sentido de la libertad.
Libertad. No sé que es eso.
Y la madre, entonces, se desponjo de toda ropa y comenzó a caminar por la arena que todavía no ardia. Su hijo sonriendo, la grabó con el móvil, divirtiendose al ver a su madre desnuda caminando de aquí para allá. 


sábado, 1 de agosto de 2015

La Unión - Sildavia. No tengas miedo de perderte...

Perdida en mis carnazas.


El desierto anda invadiéndome
Vaya jodienda. No lo sabía.  
Pues sí, lleva invadiéndome desde hace años. Ahora es más obvio, más real, más cotidiano. 
Mal rollo, ¿no?
Bastante. 
Pero ¿es desierto tipo persa?
Qué va, ojalá. Es desierto urbano, es desierto de nada, es desierto de mierda. 
¿De Mierda? Explícate
Soy de un país lleno de complejos, en lo más amplio de la palabra, ni te imaginas lo que veo, lo que vivo y observo, es de película de terror. 
Vivo en una rutina que ni me va ni me viene. Entiéndeme. Después de todo lo vivido...
El gusto está espeso. Las fuerzas de la ilusión están bajo mínimos. 
Atrapada en un vacío sin más. 
Con lo que soy yo. 
El desierto va haciendo su trabajo, lento pero sin pausa, qué se dice.  Intento querer a este lugar que, quizá, es el mío. 
Pero hay tantas trabas diarias. 
Y yo, y yo...
Y ¿tú qué? Llevas en silencio cinco largos minutos, y estoy esperando. 
Pues que quiero estar sola. 
Me confundo. No entiendo el momento. Llevo viviendo tantos años entre la cal y la arena, sobreviviendo...
Y ahora no existe ese ruido. Rogando porque ese ruido se fuese y ahora no hay nada, ni si quiera el ruido. 
Yo aquí, como una gilipollas, sin más. Sin sentido. No hay sentido y sé que tengo uno pero ya no sé na.
Al menos antes existía un ruido y luchaba contra ello. 
He cumplido uno de mis grandes sueños, el año pasado, en noviembre. A partir de ese momento, todo se vino abajo, sin más, sin explicación. Y yo aquí como una gilipollas, esperando no sé el qué. 
Quizá lo único que quiera es volver a Sildavia. Qué tiempos aquellos. 
Siento decierte qué te estás haciendo vieja. 
¿Vieja? Hermosa palabra. No tengas miedo de perderte... Al fin y al cabo tengo canas en la cabeza y lo más contundente, tengo canas en el coño.